Las visitas de mi casa negra
florecen y desfogan avidez sin límite,
fusionan ansiedades
y vórtices fugaces,
dan placer a mares
y, sin saberlo,
lo reciben.
Gozan como vacas
y después se van.
0 quizá pronto se enteran
y ya lo saben,
lo adivinan,
en un brillo de mis ojos,
un visaje,
una sonrisa
apenas insinuada.
Porque cuando vuelven
parecen más en confianza,
se toman nuevas libertades,
ocupan su lugar
con soberbia naturalidad.
Nunca discuten,
ni alegan,
ni rompen la magia del instante,
Sólo balbucean
las pequeñas palabras,
breves sílabas,
respiros del deseo.